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Boletín de Noticias
Felisberto Hernández - Un autor independiente - Por Hernán Arias
Felisberto Hernández fue uno de los autores más singulares dentro de la compleja tradición literaria del Río de la Plata. Y no sólo por su obra, sino también por el modo en que la dio a conocer. La editorial El Cuenco de Plata acaba de publicar “Los libros sin tapas”, un volumen que reúne las cuatro primeras obras del autor uruguayo: “Fulano de tal” (1925), “Libro sin tapas” (1929), “La cara de Ana” (1930) y “La envenenada” (1931). Una inmejorable oportunidad para disfrutar del primer Felisberto, aquel que publicaba modestos folletines
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La editorial El Cuenco de Plata acaba de publicar Los libros sin tapas, un volumen que reúne las primeras cuatro publicaciones del escritor uruguayo Felisberto Hernández: Fulano de tal (1925), Libro sin tapas (1929), La cara de Ana (1930) y La envenenada (1931). Y un detalle para celebrar es la copia facsimilar de Fulano de tal que la editorial ha adjuntado al volumen principal, como una manera de acentuar algo que ya se ponía de relieve en el título: el carácter artesanal de estas primeras publicaciones de Hernández.
En el caso de Fulano..., se trata de un folleto de 46 páginas abrochadas, el cual, en su versión original, incluía además alguna publicidad para ayudar a financiar la tirada, que estuvo a cargo del librero Rodríguez Riet en Montevideo. Como se sabe, Felisberto era pianista, y por esos años había iniciado un largo viaje por los pueblos de su país ofreciendo conciertos en los que interpretaba obras de Stravinsky, por lo que estos primeros libros fueron apareciendo en distintos lugares, como el modesto aporte de un escritor incipiente, marginal y nómade.
En el prólogo que Jorge Monteleone escribió para esta edición, señala que en 1926 Felisberto Hernández “comienza a trabajar [como pianista] en el café La Giralda de Montevideo”, donde, además de estar “mal pagado”, se encuentra “deprimido por la distraída atención del público”, por lo que finalmente decide iniciar –para seguir viviendo de la música– “la extenuante etapa de las giras” en las que “escribirá varios de los cuentos de los libros sin tapas donde le asomará esa musa rarísima, abrumadora y oblicua cuya inteligencia es propia de poetas”. Esa musa rarísima de la que habla Monteleone, si bien irá mutando con el paso del tiempo, delimitando al menos tres etapas en la producción de Hernández, muestra ya en estos primeros libros el que sin dudas será el rasgo distintivo de toda su prosa: la digresión. En palabras de Monteleone: “El relato debería mantener una tensión digresiva y distractiva en innúmeros detalles, al modo de un policial, pero sin su congruencia, sin asociaciones que mantengan una trama secreta, sino en una pura deriva que se interrumpiera una y otra vez. Por cierto con la colaboración del lector, conminándolo a que escoja ‘cómo quiere que sea la trama’ y, además, pidiéndole esto: ‘que interrumpas la lectura de este libro el mayor número posible de veces: tal vez, casi seguro, lo que tú pienses en esos intervalos, sea lo mejor de este libro’”.
En una ponencia titulada La singularidad sin lugar: Felisberto Hernández y la retórica de la vanguardia, el académico Julio Prieto entiende que este rasgo característico de la prosa hernandiana obedece a la adhesión del autor a ciertos postulados de la vanguardia, o, para decirlo de otra manera, a un rechazo de las formas tradicionales de la narración. Prieto escribe: “En su desconfianza hacia la metáfora, Felisberto delinea las premisas de una poética de la escritura metonímica –escritura del deslizamiento por contigüidad, que no progresa o aspira a llegar a ninguna parte– que practicará en sus narraciones posteriores (especialmente en los relatos de Nadie encendía las lámparas) como intento de salida de la dinámica histórica de la modernidad –o bien, en la medida en que tal salida es problemática, como intento de desubicar su escritura, poniéndola en práctica en un elusivo, extraño borde del campo cultural”.
Tal vez ese “intento de desubicar su escritura”, o, según Monteleone, esa búsqueda de “una pura deriva que se interrumpiera una y otra vez”, tenga como finalidad facilitar el tratamiento de ciertos asuntos imprecisos, inasibles, esos asuntos sobre los que uno apenas puede opinar o hacer un comentario sin ninguna certeza. Al mismo tiempo ese “deslizamiento por contigüidad” del que habla Prieto también parece ser apropiado para anotar, siempre como al pasar, opiniones políticas contundentes, como la que escribe en el prólogo del Libro sin tapas: “Se ha empezado a ensayar la parte más esencial, más atrayente, más fomentadora y más imponente de la nueva religión: el castigo. El castigo de acuerdo con las leyes de la religión última; con el caminito de la moral, que ha de ser el más derecho, el único, el más genial de cuantos han creado los estetas que han impuesto su sistema nervioso como modelo de los demás sistemas nerviosos”.
Por otra parte, aunque estrechamente vinculado a este procedimiento narrativo de los primeros textos del autor de Por los tiempos de Clemente Colling, encontramos un fuerte componente lúdico, que por momentos incluso se parece mucho al delirio, como en el caso del relato Genealogía, del Libro sin tapas, al que protagonizan una línea recta y algunas figuras geométricas: “Hubo una vez en el espacio una línea horizontal infinita. Por ella se paseaba una circunferencia de derecha a izquierda. Parecía como que cada punto de la circunferencia fuera coincidiendo con cada punto de la línea horizontal. La circunferencia caminaba tranquila, lentamente e indiferentemente. Pero no siempre caminaba”.
De acuerdo con lo que señalan distintos estudiosos de la obra de Hernández, esta primera etapa de su producción se caracteriza por una tendencia a la reflexión, o, en palabras de Angel Rama, “una dominante mental”: su escritura no se propone desarrollar una trama, sino apenas insinuarla y crear un desvío, un recodo en la narración donde el autor se demora en especulaciones que parecen divertirlo. Y es en un pasaje del relato La piedra filosofal –otro texto de asunto delirante, en el que se reproduce la charla que mantienen dos piedras que se encuentran entre los escombros de una obra en construcción– donde Felisberto parece ensayar una explicación de su apuesta literaria: “Una de las condiciones curiosas de los hombres –escribe–, es expresar lo que perciben los sentidos. A los sentidos les da placer sorprender la graduación a distancias grandes. Este placer excita la curiosidad. El hombre que propone más placer satisfaciendo más curiosidad triunfa más. Pero cuando más curiosidad haya satisfecho un hombre para sí mismo, menos curiosidad satisface para los demás. Porque después de satisfacer mucha curiosidad viene la duda”. De esta manera, para Felisberto, la apuesta por satisfacer la curiosidad más que una fórmula exitosa resulta un procedimiento condenado al fracaso. Tampoco parece estar dispuesto a hacerle concesiones al sentimentalismo. En el prólogo a su primer libro, Fulano de tal, hace la siguiente aclaración: “Tanto en las trampas del arte como en las de la ciencia, hay grandísimas emociones, y la emoción es, precisamente, el queso de las trampas de entretenerse. Pero yo ya probé el queso de todas las trampas y me da en cara: he aquí mi tragedia de la locura de no entretenerme”.
Monteleone habla del “sarcasmo felisbertiano” que se sustrae a la explicación “y al fin produce esa acentuada sensación de insuficiencia, de insatisfacción, de que algo esencial se escapa aun en la exégesis más minuciosa de sus textos”. Y esto, evidentemente, está vinculado la forma en que este músico decide ingresar en el territorio de las letras, de un modo extraño y sutil, con una personalísima política de publicación y distribución de sus textos. Como lo señala el propio Monteleone: “Un día Felisberto Hernández comenzó a escribir literatura pero parecía que no quisiera comenzar, como si hacerlo fuera una falsificación de la primera vez que lo hacía, o como si fuera, sencillamente, una ocurrencia que no le pasaba a él”. La idea de titular su primer libro Fulano de tal deja en claro este propósito. Incluso en el ejemplar facsimilar advertimos que el tamaño de la tipografía del título es notablemente mayor que la de su propio nombre. En su segundo libro, esta manipulación explícita de la figura del autor en relación con el campo literario –que parece sentirse más cómodo manteniendo un pie afuera– se traslada al objeto libro: Libro sin tapas. Como si apostara a un tipo de libros que no tuviera ni principio ni fin, sin bordes, o, para ser más precisos, que, aun estando cerrados, se mantuvieran abiertos, como espacios propicios para ser transitados sin dificultades ni ceremonias.
Hace ya más de una década la escritora y académica Josefina Ludmer ha señalado la pérdida de autonomía del discurso literario, lo que está vinculado al debilitamiento de la categoría de autor y sus atributos. No se puede decir que estos primeros libros de Felisberto ingresen dentro de este tipo de literatura, pero sí podemos ver, en estos modestos ejemplares sin tapas, una propuesta que ya en la primera mitad del siglo pasado apuntaba en esta dirección.
La cara de Ana (fragmento)
Además de sentir todas las cosas y el destino parecido a las demás personas, también lo sentí de una manera muy distinta. Cuando sentía parecido a los demás, las cosas, las personas, las ideas y los sentimientos se asociaban entre sí, tenían que ver unos con otros y sobre todos ellos había un destino impreciso, desconocido, cruel o benévolo y que tenía propósito. Este propósito era tan caprichoso que nadie acertaba a preverlo. Este destino tenía movimiento y sobre todo un extraordinario comentario. En el movimiento entraban y se asociaban también las cosas quietas y eran un poco más humanas que objetos.
En el comentario había una emoción movida, y a medida que avanzaba el comentario aumentaba la emoción; cuando yo era niño y empezaba a llorar, me empezaba el comentario de mi tristeza y seguía llorando hasta que se me terminaba el comentario. En este mismo destino tenía también un poco de diferencia con los demás: cuando ocurría un hecho triste o alegre, sin que ellos se dieran cuenta, parecía que todo el comentario ya lo tuvieran pronto, se les uniera enseguida a la emoción y enseguida lloraran o se rieran.
Mi comentario se retrasaba como si lo tuviera que hacer de nuevo, y tardaba en llorar o reírme. Otras veces me ocurría que ese comentario no me venía y empezaba a sentir las cosas y el destino de la otra manera, de mi manera especial: las cosas, las personas, las ideas y los sentimientos no tenían que ver unos con los otros y sobre ellos había un destino concreto.
Fuente: www.perfil.com
Felisberto Hernández (1902 - 1964) - La posibilidad de lo insólito
Admirado por escritores tan diversos como Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez e Italo Calvino, el escritor uruguayo fue un vanguardista, de aquellos que hirieron de muerte al realismo y abrieron el camino para el desarrollo de la narrativa contemporánea. Su obra retrata el pequeño mundo de los suburbios de Montevideo, su ciudad natal, y la atmósfera de los pueblos del interior de la Argentina, que recorrió como pianista. Ahora, al mismo tiempo, acaban de aparecer dos libros que recogen buena parte de su obra: “Cuentos reunidos” (Eterna Cadencia) y “Las Hortensias” (El Cuenco de Plata), mientras otra editorial argentina prepara un tercer volumen de sus cuentos selectos.
Por Ezequiel Alemian
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Alguna vez contó que las revistas argentinas corregían los cuentos que les enviaba, y donde él escribía “pastitos”, ellos ponían “hierbas”. Pensaba que la literatura era más un gesto productivo constante que una obra acabada. Escribió poco y muy despacio: se consideraba un escritor amateur, un “literato sin tema”. Sin embargo, toda su producción está impulsada por un claro ímpetu memorialista autobiográfico y por un permanente cuestionamiento del mundo creativo del escritor.
Fue un vanguardista, como lo fueron Macedonio Fernández o Jorge Luis Borges en nuestro país, como lo fueron el ecuatoriano Pablo Palacio o el colombiano Félix Fuentemayor: un vanguardista de los que hirieron de muerte al realismo y abrieron camino a la narrativa contemporánea. Su obra retrata como pocas el pequeño mundo de los suburbios de Montevideo, su ciudad natal, y la atmósfera de los pueblos del interior de la Argentina, que recorrió como pianista, ganándose la vida. Su padre le puso Felisberto, pero el escribiente del civil anotó Félix Verti, lo cual le causaría numerosos problemas en la vida civil. Feliciano Felisberto, le puso el padre. Feliciano Felisberto Hernández.
Dos antologías de su obra acaban de llegar a las librerías locales, tradicionalmente poco provistas de textos de Hernández. Se trata de Las Hortensias y otros relatos (El Cuenco de Plata), que lleva un prólogo de 1975 de Julio Cortázar a una antología francesa de cuentos de Felisberto, y de Cuentos reunidos (Eterna Cadencia), con nota introductoria de Elvio Gandolfo. Seguramente no es un mérito menor de estas antologías el que ambas resulten complementarias entre sí, en la medida en que cada una echa luz sobre un momento diferente de la obra de Hernández.
El libro de Eterna Cadencia contiene íntegro el ciclo de las tres novelitas más específicamente memorialistas que escribió Hernández (Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria), mientras que el de El Cuenco de Plata consagra la mayor parte de sus páginas a los relatos de tono más fantástico, que Hernández escribió en su última etapa (Nadie encendía las lámparas y Las Hortensias). Angel Rama, uno de los críticos que mejor se ocupó de su obra, distingue tres períodos en la producción de Hernández. El primero, de iniciación, comienza en 1925, cuando publica Fulano de tal, un librito minúsculo, lleno de reflexiones humorísticas (algunas con resonancias sorprendentes, tituladas por ejemplo: Cosas para leer en el tranvía, o Prólogo de un libro que nunca pude empezar). El libro está dedicado a Carlos Vaz Ferreira, filósofo uruguayo, autor de Lógica viva (1910). Vaz Ferreira abogaba por un tipo de texto que incorporara el horizonte de sus vacilaciones y perplejidades a la versión definitiva. Felisberto (nacido en 1902) había sido presentado a Vaz Ferreira en 1922, y siempre se consideró una suerte de discípulo suyo. La admiración, sin embargo, era recíproca: “Tal vez no haya en el mundo diez personas a las que les resulte interesante lo que usted escribe. Yo me considero una de esas diez”, le escribió Vaz Ferreira. De este mismo período son Libro sin tapas (1929), La cara de Ana (1930) y La envenenada (1931). La disparidad en los lugares de edición (Rocha, Mercedes, Florida) marca un itinerario de Hernández como pianista; ya ha pasado su período de acompañante en cines mudos y ahora hace giras interpretando a Stravinsky.
En estos cuatro primeros volúmenes de relatos, que agregaban publicidad para financiar la edición, señala Rama una mayor visibilidad que en sus creaciones posteriores de “una dominante mental que se traduce en la atenta exégesis de las situaciones” narrativas. Esto es: la escritura de Hernández exhibe ya una inclinación casi caprichosa para provocar alteraciones bruscas en una situación, desarticulándola, una obsesión por las relaciones con los objetos, por el funcionamiento autónomo de los objetos, y por la aparición de los primeros ejercicios de “esgrima amoroso” entre los personajes. Es el punto de partida de su sistema evocativo general y de su sistema poético, construido alrededor del “misterio”. También son ya de estos comienzos las críticas a las deficiencias de su escritura y a sus torpezas sintácticas, cuando muchas veces los comentaristas confundían innovaciones de expresión con pobreza de léxico.
Pensar escribiendo. El estilo de Felisberto es una de las características más felices de su literatura. Escribe como un niño sorprendido, con una suerte de gramática infantil en la construcción de las frases y un diccionario de alguna manera “limitado” al terreno de la niñez y a las expresiones populares del habla barrial. Paradójicamente, hay también mucho de filosófico en su escritura. Roberto Echavarren describe en su trabajo El espacio de la verdad al programa de escritura como aquel “que espera lo que todavía no existe, una escritura pensamiento, un acto de escritura que carece de garantías por anticipado. No busca reconstruir un pasado historiográfico o anecdótico, sin pensar escribiendo”.
El segundo período de la obra de Hernández corresponde a un lento abandono de la práctica pianística y a una mayor dedicación a la literatura. Felisberto instala una librería llamada El Burrito Blanco, y ahí escribe, en los largos ratos libres que le deja el negocio, que no prospera. Estamos a comienzos de los años 40; Juan Carlos Onetti publica El pozo (1939) y Tierra de nadie (1941). La edición de Por los tiempos de Clemente Colling, financiada entre otros por Joaquín Torres García, es de 1942.
Resalta José Pedro Díaz que “Hernández se apoya en lo vivido para recordar, y usa sus recuerdos como el material más inmediato, pero no para trabajar sobre lo recordado sino sobre los modos de su evocación, sobre la relación de su presente con lo evocado, sobre el modo de asirlo de que dispone”. Recupera la mirada infantil pero la hace coexistir con la del mismo escritor, que es incluido como uno de los elementos esenciales del relato, cuyas reglas son sin cesar cuestionadas. Es que Hernández se desentendió rápidamente tanto de las reglas convencionales de los géneros como de la figura del escritor como creador de un universo autónomo.
Es la misma época en que Stravinsky pone a la vista el funcionamiento de la maquinaria escénica en Historia de un soldado, o en que Pirandello pone a jugar a los actores contra los personajes, anota Rama. A este período pertenecen también los ya mencionados El caballo perdido y Tierras de la memoria, escrito 1944 pero publicado póstumamente, en 1966, y donde narra un viaje como boy scout a la provincia de Mendoza. A través de estos relatos, Felisberto retrata el mundo de su infancia, un mundo de clase media baja, de muebles enfundados y gallineros, de maestras de escuela y clases de piano, de “deificación” de los objetos y de olor a encierro.
Cuenta Norah Giraldi en su libro Felisberto Hernández, del creador al hombre que en esa época Felisberto visitaba con asiduidad el servicio psiquiátrico del Hospital Vilardebó, donde trabajaba su amigo el Dr. Alfredo Cáceres. Como él, se interesaba por los “casos alucinantes de locura singular”, que le parecían una fuente inagotable de misterio. En una de esas pacientes, una mujer que vivía encerrada en una habitación sin luz, se inspiró Hernández para escribir el relato de la mujer que se enamora de un balcón (El balcón). Precisamente, la atenuación de lo memorialista y el mayor interés que presta en su literatura a los elementos extraños, inexplicables, con cierto resabio onírico, son los que marcan el ingreso de Hernández a su tercer período creativo.
Cuentos melancólicos. Para algunos, es en esta etapa “fantástica” de la obra de Felisberto en la que se encuentran sus mejores relatos. Están reunidos en dos libros: Nadie encendía las lámparas, que fue publicado en 1947 en Buenos Aires, gracias a la gestión de Roger Caillois y de Oliverio Girondo, y en Las Hortensias, que es una recopilación póstuma. (La selección de cuentos de Eterna Cadencia, a pesar de estar focalizada en el período memorialista, incluye tres de los más bellos textos de la etapa fantástica: Nadie encendía las luces, Menos Julia y El acomodador.)
Son cuentos marcadamente melancólicos, de decadencia social, con un narrador distanciado en un mundo donde los seres y las relaciones se han cosificado, y donde no obstante, o precisamente por eso, la realidad termina introduciéndose en lo insólito. Mantener la incertidumbre, mantener la posibilidad de que eso insólito se produzca y se desarrolle (como una planta) parece ser, en última instancia, el gran objetivo literario de Felisberto.
Así lo dice en la Explicación falsa de mis cuentos, un texto que le pidiera Caillois y que publicará luego como introducción a Las Hortensias: “No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. […] Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.
Hay en estos relatos un componente sexual indirecto que algunos han relacionado con el surrealismo y otros han emparentado con la mirada inquietante de Lewis Carroll. También se acentúa el carácter melancólico de los personajes, incapaces de sobreponerse a cierta sensación de deslizamiento en el silencio, en la penumbra, en la incomprensión, cuando no directamente entregados a ellos. Son años durante los cuales Hernández trabaja como empleado de control de radios: su tarea consistía en tomar nota en una planilla de los temas que pasaban en diversas audiciones que tenía que escuchar, informando la duración y el carácter de las canciones, así como también el nombre de los autores de las letras y de la música.
En 1946, gracias a Jules Supervielle, viaja a París, becado por el gobierno francés. Allí permanece dos años y se lo traduce y publica en las revistas Le Licorne y Points. Da conferencias y recibe importantes homenajes, uno de ellos en La Sorbonne. Aprovecha la estadía en Francia para viajar a Londres, donde incluso da un concierto. Sin embargo, a su regreso de Europa, el trabajo rutinario y la falta de un ambiente de trabajo propicio menguan sus fuerzas. Participa en unas audiciones radiales contra la expansión del pensamiento marxista-leninista en el Uruguay. Escribe varios cuentos cortos, algunos de ellos incluidos en la edición de El Cuenco de Plata. Vive con su madre y camina mucho; le interesa el cine por los mecanismos técnicos que utiliza para generar misterio en la trama. La casa inundada, de 1962, y Diario de un sinvergüenza, póstumo, donde relatará parte de su estadía en París, fueron sus últimas producciones de peso. Casado cuatro veces y con dos hijas, murió en el Hospital de Clínicas de Montevideo en enero de 1964, de una leucemia aguda.
Cortázar, Bioy Casares, José Bianco leyeron y elogiaron los cuentos de Felisberto Hernández cuando los publicaba en Sur, en La Nación, a mediados de los 40. Carlos Fuentes, García Márquez, Reinaldo Arenas lo descubrirán asombrados un par de décadas más tarde. Italo Calvino traducirá y prologará la edición italiana de Nadie encendía las lámparas. “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a ninguno; a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos; es un ‘irregular’ que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero a cada página se nos presenta como inconfundible”, anotará Calvino
A su muerte, Hernández tenía planeado casarse por quinta vez. Había regalado a su novia, María Dolores Roselló, una versión de En busca del tiempo perdido. “Es el libro que no hay que abandonar jamás”, le había escrito en la dedicatoria.
Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar/
30 de Agosto del 2009
La biblioteca de Cortázar
Libros dedicados por Pablo Neruda, una edición en japonés de Rayuela, una colección de novelas de vampiros y discos visuales de Octavio Paz forman parte de la colección de Julio Cortázar, de cuyo fallecimiento se cumplen ahora 25 años y cuyo legado bibliográfico se encuentra en Madrid. Descubrir a un escritor como Cortázar a través de sus lecturas, de sus obras de referencia, de sus anotaciones y de sus subrayados es un trabajo apasionante que la Fundación Juan March de Madrid permite a través de la biblioteca del escritor, donada por su viuda y albacea Aurora Bernárdez en 1993.
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"Es una manera de investigar su personalidad. Qué le interesaba a Cortázar. Se hacen al muchas tesis sobre Cortázar y a menudo recibimos a estudiantes que buscan aquí una de las pistas fundamentales para entenderle", explicó a Efe Paz Fernández, directora de las bibliotecas de la fundación. La de Cortázar recoge los libros que el autor de Bestiario tenía en la casa donde murió, el 12 de febrero de 1984, en París, donde se acumulaban los innumerables referentes que forjaron una sensibilidad y una morfología literaria únicas.
Con sus más de 4.300 piezas -entre libros y revistas-, esta biblioteca, que se esconde en los fondos de la fundación, es una aventura salteada similar a la que el escritor -nacido en Bruselas en 1914 de padres argentinos y nacionalizado francés en 1981- propuso en su celebrada Rayuela. Se puede leer de seguido por orden alfabético, desde el Amadís de Gaula hasta el Ulises, de James Joyce. O se pueden rastrear las pasiones del genio, atento a la imagen -con libros de arte y cine, con mención para Groucho Marx-, la espiritualidad -varios Nuevos Testamentos, estudios sobre los vedas y el budismo-, la música -fanático del jazz- y la sexualidad -con textos de Sade.
Los discos de Octavio Paz
Existe un recorrido marcado para el coleccionista: los lúdicos discos visuales de Octavio Paz, que giran y desvelan nuevas rimas; una edición curva de Vrindaban, del mismo autor; Cartas de un joven escritor, de Ernesto Sábato, con hojas de cartón grueso y envuelto en tela de saco, o la infinita combinación de versos sueltos de Raymond Queneau en Cien mil millones de poemas.
Se puede seguir, si no, al lector minucioso que repasaba y desgastaba sus libros favoritos, los completaba y los desafiaba. "¡Qué vulnerable es uno al despertar de esos sueños cuya apoteosis es la muerte!", subrayó en una edición de 1933 de Opio, el libro de Jean Cocteau que marcaría su manera de escribir. "Y mordí duramente la verdad del amor para / que no pasara, / y palpitara fija / en la memoria de alguien / amante, dios o la muerte en su día", destacaba en La realidad y el deseo, de Luis Cernuda.
Verne, Defoe y Tolkien
Uno puede detenerse también en la casilla del Cortázar más liviano. El que guarda una preciosa y antiquísima edición de 20.000 leguas de viaje submarino, de su admirado Julio Verne, al que descubrió de niño y al que homenajeó en su ensayo La vuelta al día en ochenta mundos. Las aventuras -con varias ediciones de Robinson Crusoe y un ejemplar de El señor de los anillos- y el género de novela de vampiros, casi todas ellas en edición de bolsillo de la editorial Penguin, tienen una sorprendente presencia en su biblioteca.
De ahí se puede pasar a la senda del Cortázar traductor. El que hizo las mejores ediciones en castellano de Edgar Allan Poe y reprochaba a André Breton introducir ideas aparentemente nuevas en el surrealismo tomadas, según Cortázar, del autor de El péndulo de la muerte. Y por supuesto, otra de las paradas obligatorias de la Rayuela la marca el círculo intelectual en el que se movía. Sus relaciones con Octavio Paz -con un "A Julio. Más cerca que lejos, en un allá que es siempre aquí" le dedicó el mexicano Los hijos del limo-, Onetti, Alejandra Pizarnik o Neruda, que siempre firmaba sus libros con tinta de rotulador verde.
Era amante del continente y del contenido. De su fondo, pero también de su forma. "¿Por qué tantos errores, Lezama?", apuntaba a una edición de Paradiso, de José Lezama Lima, mientras reconocía, en una página de La voz a ti debida, de Pedro Salinas: 'Esto es un poema'. Cortázar rubricaba sus libros. Primero como Julio Denis. Luego como Julio Cortázar. Los leía en varios idiomas: inglés, francés, castellano y alemán, y los coleccionaba en japonés, en hebreo, en ruso o incluso acumulaba poesía sánscrita.
Él mismo definía su vínculo con los libros propios y ajenos: "Desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas".
Fuente: http://www.elpais.com
10/02/2009
Autorretrato con libros - Por Ernesto Montequin
La biblioteca de la fundadora de Sur, integrada por once mil obras, revistas, cartas, fotografías, y documentos, vuelve a abrir sus puertas. Esos cuartos de San Isidro, poblados de volúmenes, permiten reconstruir parte de la historia cultural del siglo XX
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Quien se proponga trazar una semblanza de Victoria Ocampo recurrirá acertadamente a sus Testimonios , a su Autobiografía , a sus ensayos y epistolarios, a sus objetos personales y a las evocaciones que encierra Villa Ocampo. Sin embargo, toda imagen de la fundadora de Sur sería incompleta si, además de la apasionada cronista de su tiempo y de la entusiasta forjadora de lazos culturales, no incluyera a la "lectora voraz e impetuosa" -como se definió a sí misma- que formó una imponente biblioteca personal de 11.000 volúmenes, hoy parte esencial de su legado.
Conservada en las salas de Villa Ocampo, esta biblioteca refleja fielmente la educación literaria y aun sentimental de su dueña, las estrechas relaciones -no siempre apacibles- que mantuvo con obras y autores a lo largo de su vida. Sin duda, uno de los rasgos que definen a la lectora Victoria Ocampo fue su capacidad para combinar la cotidiana frecuentación de los clásicos franceses e ingleses iniciada en su infancia, con una curiosidad intelectual siempre renovada, gracias a la cual supo valorar tempranamente a escritores, filósofos y artistas cuya importancia luego se volvería indiscutible. Al igual que Borges, fue una lectora hedónica, omnívora. No es extraño entonces que en esos anaqueles convivan la más vasta recopilación de mitos, como los trece volúmenes de La rama dorada , de James Frazer, con más de noventa novelas policiales de Georges Simenon; los Seminarios de Jacques Lacan dedicados de puño y letra por su autor, con las obras completas de W. H. Hudson; la edición original del Manifiesto del surrealismo de André Breton con una nutrida colección de sherlockiana . Esta tumultuosa variedad revela un gusto independiente, desafiante en su singularidad, que procura formar su propio canon sin acatar jerarquías legisladas. En la adolescente que leía a escondidas el De profundis de Oscar Wilde, desafiando la prohibición de su madre, ya despuntaba "la formidable e inquietante mujer que nunca le pidió permiso a nadie para hacer lo que se le daba la gana: con su fortuna, con su persona, con sus sentimientos" (Edgardo Cozarinsky).
En la biblioteca de Villa Ocampo se encuentran los volúmenes leídos a lo largo de los años, buena parte de ellos anotados y subrayados por su dueña, a partir de los cuales pueden reconstruirse las etapas de su itinerario intelectual. Ajena a las veleidades de la bibliofilia, los libros eran para Victoria Ocampo objetos serviciales que invitaban al diálogo, que se ofrecían a la admiración o a la censura, nunca a una contemplación reverencial. De ahí la abundancia de apuntes manuscritos en sus márgenes o en sus guardas. La índole de esos marginalia es variada: algunos se limitan a señalar la circunstancia en que fueron leídos; otros retoman una conversación interrumpida con el autor, rectifican un dato, matizan una opinión, dicen una palabra callada en otros ámbitos.
Las dedicatorias que contienen muchos de esos volúmenes aportan información valiosa para interpretar desde una perspectiva más espontánea, más íntima, la relación personal entre Victoria Ocampo y los autores. Algunas adquieren, por su extensión y su tono, el rango de una carta -como las cuatro páginas autógrafas de Saint-John Perse en un ejemplar de ...loges , su primer libro de poemas-; otras son obras de arte en sí mismas, como las dibujadas por Rafael Alberti. No pocas de ellas, como las de Graham Greene, Roger Caillois, Albert Camus, o Pierre Drieu la Rochelle, contribuyen a iluminar el vínculo que los unió a Victoria Ocampo.
Toda biblioteca personal es una forma de autobiografía que registra, simultáneamente, la evolución del gusto de su autor -con sus desvíos, con sus motivos recurrentes- y las transformaciones en la fisonomía intelectual de su época. En los anaqueles de Villa Ocampo pueden seguirse, como los hilos de un tapiz, las principales corrientes literarias, artísticas y filosóficas que forman la trama cultural del siglo XX. Sobre ese paisaje rico en matices y en escrúpulos, se recorta nítidamente la figura de Victoria Ocampo en todos sus avatares intelectuales, aun los menos visibles. Cada uno de esos autorretratos con libros tiene su tono dominante, su historial de lecturas emblemáticas, inseparables de la persona pública de la fundadora de Sur . Son los libros que ocupan el centro de la escena, en su mayoría en primeras ediciones, con dedicatorias autógrafas: Rabindranath Tagore, José Ortega y Gasset, Hermann von Keyserling, Virginia Woolf, Aldous Huxley, Paul Valéry, Albert Camus, André Malraux. Un lugar de pareja relevancia ocupa el microcosmos de Sur , con todas sus constelaciones: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, José Bianco, Eduardo Mallea, Ezequiel Martínez Estrada, H. A. Murena y muchos otros, a los que se suman los escritores latinoamericanos que gravitaron sobre la revista en diferentes momentos de su historia, como Gabriela Mistral, Alfonso Reyes u Octavio Paz.
La penumbra de estantes menos visitados depara hallazgos que enriquecen decididamente el conjunto, como las primeras ediciones de La vida de Dominguito , de Sarmiento, y de Juvenilia y En viaje , de Miguel Cané, con sendas dedicatorias manuscritas de sus autores a las tías abuelas de Victoria Ocampo; o una serie de publicaciones dadaístas y surrealistas de considerable rareza. Asimismo, no deja de asombrar la presencia de obras que, independientemente de su mérito intrínseco, encarnan el zeitgeist cultural de una década que sería la última de Victoria Ocampo: Les mots et les choses (1966) de Michel Foucault; Language & Silence (1969), de George Steiner; Against Interpretation (1969), de Susan Sontag; Critique et Verité (1975) de Roland Barthes. Estos libros leídos en el tramo final de su existencia son prueba de una curiosidad vital que ni los años ni la adversidad lograron apagar.
En julio de 1947 un incendio destruyó dos salas del primer piso de Villa Ocampo. "Todos los libros de mi padre y parte de los míos se han quemado -escribía Victoria en carta a José Bianco-. Mesure , Commerce , la N.R.F. , la Revista de Occidente . Pero son los Jules Verne los que más lamento y las enciclopedias." Sin embargo, un heterogéneo conjunto de alrededor de 150 libros publicados entre los siglos XVI y XIX fueron salvados de las llamas o incorporados posteriormente a la biblioteca. Entre ellos hay libros de viajes, misales, biografías, misceláneas. Los dos más antiguos son Medicorum omnium facile principis de Hipócrates, publicadas en 1596, y las Oeuvres (1558) del poeta Clement Marot, a quien se atribuye la escritura del primer soneto en lengua francesa. Cabe señalar, asimismo, la edición de Los seis libros de Galatea , de Cervantes, en la edición de 1784 publicada por Antonio Sancha, con ilustraciones de Ximeno; una edición completa de Las vidas de hombres ilustres , de Plutarco, en la célebre traducción francesa de Jacques Amyot publicada en 1580; ediciones de The Decline and Fall of the Roman Empire , de Edward Gibbon (1809) y del Dictionarie philosophique de Voltaire (1816).
A lo largo del siglo XIX, el patriciado liberal rioplatense encontró en Francia a sus clásicos, a su magisterio de ideas y de gusto literario. En consecuencia, la literatura francesa ejerce una holgada preeminencia en la biblioteca de Villa Ocampo. Están presentes los clásicos de cuatro siglos -desde Montaigne hasta Baudelaire; desde Racine hasta Verlaine, desde Rabelais hasta Flaubert-; las lecturas de infancia -Perrault, la condesa de Ségur, Alejandro Dumas- y las de la adolescencia: Anatole France, Maurice Barrés, la condesa de Noailles, Léon Bloy, Remy de Gourmont.
En cuanto a la literatura del siglo XX, es indudablemente la mejor representada. Dominan este panorama tres escritores que encarnan tres temperamentos diferentes: el clásico y protestante André Gide; el experimental y judío Marcel Proust; y el barroco y católico Paul Claudel. Los más importantes ensayistas, novelistas y poetas, y no solo los difundidos por Sur ,colman los anaqueles con primeras ediciones de sus obras más relevantes: Valery Larbaud, Jean Cocteau, Paul Morand, Henri Michaux, Saint-Exupèry, Etiemble, Jean Paulhan, François Mauriac, Henry de Montherlant, Francis Ponge, Denis de Rougemont, Julien Green, Marcel Jouhandeau, Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar.
El Nouveau Roman , último de los grandes movimientos literarios franceses del siglo XX, que conoció su apogeo en la década de 1960, cierra cronológica y estilísticamente el conjunto, con obras de Maurice Blanchot, Michel Butor, Alain Robbe-Grillet y Nathalie Sarraute.
Al igual que la francesa, la literatura inglesa formó parte de la cultura letrada que Victoria Ocampo recibió en su infancia. En la biblioteca de Villa Ocampo se puede constatar el imperio de un clásico excluyente -Shakespeare-, reconstruir las lecturas iniciáticas de su infancia -Walter Scott, Conan Doyle, Rider Haggard-, y de su adolescencia -Shelley, Keats, Wordsworth, Carlyle, Ruskin, Dickens, Wilde-. El interés por Oscar Wilde, "autor prohibido" de los años juveniles, no menguó con el paso del tiempo, como lo demuestra la cantidad de biografías y estudios críticos adquiridos posteriormente.
La editorial Sur publicó a lo largo de la década de 1930 algunas de las obras capitales de los "maestros modernos" de la literatura inglesa en traducciones que muy pronto alcanzaron el estatuto de clásicas: Canguro , de D. H. Lawrence, y Contrapunto , de Aldous Huxley (ambas traducidas por el narrador cubano Lino Novás Calvo); Un cuarto propio y Orlando, de Virgina Woolf (traducidas por Borges). Este espontáneo programa de difusión provenía del indeclinable entusiasmo de su directora por una lengua y su cultura, que alcanzó su máxima expresión en el número triple (153-156) que Sur consagró a las letras inglesas en 1947 y que no ha agotado aún sus magias parciales. Muchos de los poetas, novelistas y ensayistas británicos "redescubiertos" en los últimos años en el ámbito hispanoamericano -Christopher Isherwood, Cyril Connolly, George Orwell, Evelyn Waugh, W. H. Auden, los hermanos Sitwell- fueron traducidos al español, en algunos casos por primera vez, en aquel voluminoso número de la revista cuyas tapas ostentaban la Union Jack, símbolo de un triunfo que, en esa inmediata posguerra, el gobierno argentino no había creído necesario celebrar.
Desde Milton hasta Dante Gabriel Rossetti; desde James Joyce (de quien se conserva la primera edición de su Finnegans Wake ) hasta Kingsley Amis; desde George Eliot hasta Iris Murdoch; desde E. M. Forster hasta Harold Pinter, la biblioteca de Villa Ocampo es un homenaje a la vitalidad y a la riqueza de las letras inglesas de los últimos cinco siglos.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar
10 de Mayo de 2008
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