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Boletín de Noticias
Real Academia, 1939. La lengua del franquismo - Edgar González Ruíz
Algunos intelectuales sirven al poder, por tiránico y sanguinario que sea. Por eso, en 1939, la Real Academia de la Lengua Española se convirtió en apologista del franquismo.
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A lo largo de la historia, muchos intelectuales y académicos han servido al poder, incluso al de índole más reaccionaria y sangrienta, como fue el franquismo en España.
En 1936, al inicio de la guerra civil, la Real Academia de la Lengua Española publicó la 16ª edición de su famoso Diccionario, de la que se distribuyeron muy pocos ejemplares, pues la mayoría de ellos quedó almacenado.
En los años de la guerra, pertenecieron a esa institución figuras de renombre pero de diferentes ideologías, como Salvador de Madariaga, quien se exilio al inicio del conflicto, así como los dos hermanos Manuel y Antonio Machado, quienes militaron en bandos opuestos en la contienda, pues Antonio fue republicano y masón, y falleció en Francia en 1939.
Al triunfo del franquismo, la Real Academia, alineada con el sanguinario y católico vencedor, puso en circulación nuevamente esa edición, con pie de imprenta del primero de julio del 36, pero con un frontispicio que incluye la leyenda “Madrid Año de la Victoria”, seguido de una Advertencia donde leemos: “La presente edición estaba en vísperas de salir a la venta cuando las hordas revolucionarias, que, al servicio de poderes exóticos, pretendían sumir a España para siempre en la ruina y en la abyección, se enfrentaron en julio de 1936 con el glorioso Alzamiento Nacional”.
“Perseguidas con diabólica saña bajo la tiranía marxista cuantas instituciones encarnaban el verdadero espíritu de nuestro pueblo, no se podía esperar que la vesania de los usurpadores del poder respetase la vida de la Academia. Fué disuelta, en efecto, de un plumazo; y aunque no tardó en renacer en las tierras privilegiadas de nuestra patria que conocieron las primeras el alborear de la reconquista, la casa solariega de la Corporación, su patrimonio y sus publicaciones quedaron secuestrados en la capital de la nación hasta el día felicísimo de su liberación total”.
Se explica que en su edición del 39, la Academia recobra “con íntima satisfacción, el uso de sus emblemas tradicionales y su título varias veces secular de Real Academia Española”, y que la 16a edición de su Diccionario se difunde “por el mundo con el sello de la nueva España imperial. Por eso se ha cambiado el primer pliego de la obra y se le ha puesto como fecha la del glorioso año de la Victoria, 1939”.
En lo que al paso de los años luce como falta de honestidad, el texto anterior no va firmado, ni aparece en el voluminoso diccionario la “acostumbrada lista de académicos con la mención del cargo que ejercen en la Corporación”. Se alegan retrasos y circunstancias apremiantes, así como la urgencia de poner en circulación el Diccionario, pero el caso es que nadie asumió su responsabilidad en la redacción de la infame Advertencia.
En muchas de las entradas del Diccionario, encontramos una sospechosa afinidad, cuando no sumisión, hacia el catecismo de la derecha católica y fascista. Por ejemplo, en la correspondiente al Fascismo, leemos: “Movimiento político y social, principalmente de juventudes organizadas en milicias bajo el símbolo de las antiguas fasces, que en la Italia moderna y a ejemplo suyo en otros pueblos, opone a todo internacionalismo y a la lucha marxista de clases la disciplina de un estado nacionalista, corporativo y jerárquico”.
Católico, por su parte, significaría según ese Léxico, “Universal y por esta calidad se ha dado este nombre a la Santa Iglesia Romana”, por lo que la palabra es también sinónimo de “verdadero, cierto, infalible, de fe divina”.
Iglesia vendría a ser, propiamente, la “Congregación de los fieles, regida por Cristo y el Papa, su vicario en la tierra”, mientras que en una de sus acepciones, sostenía la Real Academia, es “Impropiamente, cada una de las sectas particulares de herejes”, es decir, de protestantes, por lo que según ese diccionario no debe hablarse de Iglesia Reformada, ni de iglesias protestantes, sino sólo, propiamente, de la católica, y por extensión de sus diócesis, templos, etc.
Trinidad quedaría definida, en primer lugar, como “Distinción de tres personas divinas en una sola y única esencia, misterio inefable de nuestra santa fe”.
Dios ocupa una de los artículos más largos de la franquista edición distribuida en 1939 (pp. 465-467), que comienza distinguiendo entre el “Nombre sagrado del Supremo Ser, Criador del Universo, que lo conserva y rige por su providencia” y “cualquiera de las falsas divinidades veneradas por los idólatras, como el Dios Apolo o el Dios Marte, de los latinos; el Dios Brama, de los indios; el Dios Niord, de los escadinavos, el dios Tláloc, de los mejicanos, etc”.
El artículo abunda en refranes que recurren a Dios, como ese de “Dios los cría y ellos se juntan”, muy apropiado para referirse a los dictadores y a quienes desde la academia se han sometido a ellos.
23-07-2007
Fuente: http://www.kaosenlared.net
Ver ejemplar en librosref.com
http://www.librosref.com/ficha_libro.php?cod=3990
Citas sobre la lectura 2
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"Estamos tejidos de la sustancia de los libros mucho más de lo que a simple vista parece. Aun los rasgos más espontáneos de nuestra conducta y nuestras más humildes palabras tienen detrás, sepámoslo o no, una larga tradición literaria que viene empujándonos y gobernándonos".
Alfonso Reyes, citado por Carlos Monsiváis en "Elogio (innecesario) de los libros"
El futuro digital del libro - Por Octavio Kulesz
¿Estamos asistiendo al fin de una era de esplendor cultural que se inauguró con Gutenberg o, más bien, se abre ante nosotros la oportunidad de relanzar la industria editorial sobre bases nuevas y mucho más sólidas? Bien entrado el nuevo siglo, la cadena del libro tiene que enfrentar un contexto económico poco favorable y los numerosos desafíos provenientes del campo tecnológico como la piratería on line, el intercambio de archivos y la lectura en pantalla. La mejor manera de enfrentar este cambio de paradigma es conociéndolo. Aquí, las claves de lo que se viene.
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La edición tradicional se tornó obsoleta y ya no responde a las necesidades de hoy en día. La oferta de títulos es, en los hechos, cada vez más reducida, y hay mayor concentración”. Así abría Andreu Teixidor, ex presidente de Ediciones Destino, su conferencia en la primera Feria del Libro Digital de Madrid, el 18 de noviembre pasado. Teixidor se refería a la situación del libro en España, aunque la cita bien podría aplicarse a la Argentina. En efecto, resulta bien visible que el sector no atraviesa su mejor momento. Las ventas se contraen, hay sobreproducción, los costos suben... la industria parece haber dejado atrás el lustro dorado de 2003-2008, período que coincidió con los años de la burbuja financiera global.
La cadena del libro no sólo tiene que enfrentar un contexto económico menos benigno, sino, especialmente, numerosos desafíos provenientes del campo tecnológico, tales como la piratería on line, el intercambio de archivos y la lectura en pantalla. Por no mencionar lo que los editores miran con tanto recelo: el temido peligro de la digitalización masiva de los textos. Recelo, peligro, desafíos. ¿Estamos asistiendo al fin de una era de esplendor cultural que se inauguró con Gutenberg y que se clausuraría para siempre por causa de los colosos tecnológicos y de la crisis global? ¿O más bien se abre ante nosotros la oportunidad de relanzar la industria editorial sobre bases nuevas y mucho más sólidas? ¿Qué está pasando con el libro?
Todo es historia. En 1474, los copistas de Génova organizaron un boicot contra la imprenta, ese peligroso invento traído de Alemania. En un intento sin precedentes, el poderoso gremio solicitó la expulsión de los imprenteros. Pero el Senado intervino oportunamente para anular la acusación, reconociendo que la nueva técnica tenía un efecto positivo en la sociedad. Este ejemplo puede ilustrar perfectamente el tiempo que vivimos. Los ataques de Rupert Murdoch (Newscorp) contra Google News, o la curiosa alianza de los tres conglomerados editoriales de Iberoamérica (Santillana, Planeta, Random House Mondadori) para construir una plataforma de libros electrónicos que haga frente a Google Books forman parte de un movimiento similar. No importan los actores involucrados, ni siquiera el gigante de Silicon Valley, que bien puede terminar acusado de monopolio y perder el protagonismo frente a otros futuros competidores. Lo que hallamos detrás de escena es el choque entre dos paradigmas irreconciliables: uno centrado en el papel y otro en la Web. Si pensamos por un momento cuál tiene mayor dinamismo y a quién terminará favoreciendo la crisis económica y ecológica global, podremos anticipar el final de la contienda.
Fin de una época, pero también comienzo de otra. Así como el desarrollo de la imprenta permitió el surgimiento de grandes editores como Aldo Manucio, la era digital también necesitará de nuevos y audaces protagonistas. Tal como expresaba Teixidor al cierre de su conferencia en Madrid: “No puede ser que sólo los tecnólogos sean receptivos a las innovaciones. Debe surgir una nueva generación de profesionales del libro que no han de tener como modelo a los viejos editores como yo, o como Herralde o como Beatriz de Moura, sino que deberán construir un nuevo mundo, un nuevo mundo editorial”.
Las invasiones bárbaras. A fines de los años 90 abundaban las profecías sobre el fin del libro físico y su reemplazo definitivo por el eBook o libro electrónico. Pero pasaban los años y ningún cambio impactante ocurría en el sector. Por cierto, los primeros dispositivos de lectura en pantalla eran armatostes inservibles, con una batería de muy corta duración y una memoria reducida. En cuanto al libro tradicional, lejos estaba de enfrentar su ocaso: los ejemplares físicos se vendían a ritmos crecientes en casi todo el mundo. Hasta que la explosión de la burbuja de Internet en 2001 terminó por sepultar el sueño de los tecnólogos y darles la razón a los defensores del libro tradicional: el libro de Gutenberg, con sus 500 años, no iba a sufrir la misma suerte que el frágil y desgraciado CD de música.
Sin embargo, para esa época comenzó a gestarse una revolución silenciosa en la Web. Del modelo estático que había caracterizado a la red en sus primeros años, la tendencia se desplazó hacia la interactividad con los usuarios. Nacía la 2.0, una Web más consciente de su potencia propia; viejas empresas tecnológicas como Yahoo! y Microsoft parecían perder impulso, mientras que, otros emprendimientos, mucho más jóvenes y dinámicos, pasaron a ocupar el centro de la escena. Y con ellos se abría un nuevo capítulo de la lucha entre el libro físico y el libro digital.
En diciembre de 2004, Google lanzó su programa Google Print, luego rebautizado Google Book Search. Su misión: escanear unos 15 millones de libros de cinco grandes bibliotecas, a fin de incorporar esa masa monstruosa de información al popular buscador. Claro que como la iniciativa se hacía sin el permiso de los dueños de los derechos, las reacciones no tardaron en aparecer. En 2005, las asociaciones de autores y editores de los Estados Unidos presentaron una demanda contra el gigante tecnológico en la corte de Nueva York, exigiendo que se suspendiera el escaneo de libros sujetos a derechos de autor y que se borraran las versiones ya digitalizadas. En medio de la batalla legal, el diario The Guardian de Inglaterra sentenció: “Este es el típico choque entre lo viejo y lo nuevo; entre la industria que tiene sus raíces en Gutenberg y otra que irrumpió hace apenas media década”.
Al tiempo que esto ocurría, el entonces director de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), Jean Noël Jeannenay, se sumó a las condenas contra Google y llamó a no dejarle “todo el manejo de la cultura”. Desde el terreno intelectual, Roger Chartier alertó sobre los peligros que los cambios tecnológicos podían acarrear en el mundo del libro, en la medida que iniciativas como la digitalización masiva tendían a violentar la relación entre contenido (los textos) y soporte (el libro original, en papel). Y en este punto también podríamos recordar a Umberto Eco, cuando advertía que si tuviera que dejar un mensaje para la humanidad, lo haría en un libro en papel y no en un diskette. En efecto, en cualquier gran biblioteca pueden apreciarse libros de cientos de años de antigüedad, mientras que los diskettes (o cualquier otro soporte electrónico) tienen una vida muy corta.
Según numerosos críticos, los contenidos no podían transformarse en simples commodities, en mera información, para quedar luego bajo control de grupos tecnológicos que poco tenían que ver con la cultura. Y si el compromiso de estas empresas con la cultura era escaso o por lo menos desconocido, igualmente lo era su afecto por los diferentes actores de la cadena del libro. De hecho, si Google mostraba extractos de libros en pantalla, ¿no estaba de esta forma usurpando parte del rol de las librerías tradicionales? Además, cuando Google permitiera que cualquier autor publicara por sí mismo sus textos en el sistema, ¿no estaría atentando contra la misma razón de ser de los editores? Por no hablar de la cuestión de la piratería: Google insistía en que la vista en pantalla de algunos pasajes era completamente segura y evitaba cualquier riesgo de que los lectores descargaran el texto original, aunque no todos parecían convencidos.
El sombrío antecedente de la industria discográfica volvía entonces a atormentar a los editores, quienes intentaban tranquilizarse unos a otros evocando temas como la mística del objeto libro o el olor del papel, que los protegería ante el avance de la lectura digital. Ejemplos que poco efecto podían tener, puesto que la carta manuscrita, mucho más antigua que el libro, hacía años que ya había entrado en desuso, tras ser reemplazada por el correo electrónico.
Un mundo nuevo. En octubre de 2008, tras arduas negociaciones, Google llegó a un principio de acuerdo con las asociaciones de editores y autores de los EE.UU., ofreciéndose a desembolsar 125 millones de dólares para poder continuar con el programa Google Book Search y, en caso de que el Departamento de Justicia lo autorizara, también lanzar Google Editions, orientado a la distribución comercial de textos on line. Por otra parte, en agosto de este año, la Biblioteca Nacional de Francia dejó de lado su resistencia inicial y conversó con el gigante tecnológico a fin de acelerar el escaneo de sus fondos, ya que el proyecto propio de digitalización de la BNF se había frenado por falta de fondos.
Mediante estas y otras iniciativas, la red ha comenzado a poblarse de libros. Y también se han multiplicado los dispositivos para leerlos. En efecto, en los EE.UU., Europa y algunos países de Asia ya causan furor los eBooks de segunda generación, muy superiores a sus antecesores de los 90. Estos artefactos, del tamaño de un libro tradicional, cuentan frecuentemente con pantalla táctil y tinta electrónica, una tecnología que permite leer con luz ambiente, sin cansar la vista. Dispositivos como los fabricados por Sony o por Amazon (el célebre Kindle) pueden almacenar centenares de libros en formato electrónico. Es importante también prestar atención al Apple Tablet, el producto que la compañía de Steve Jobs lanzará al mercado en los próximos meses. Los mensajes deslizados a la prensa presentan al dispositivo como una netbook sin teclado analógico ni mouse (algo así como un iPhone gigante), pero por ciertos cambios introducidos en la plataforma iTunes, podemos sospechar que los creadores del iPod están apuntando directamente a los contenidos editoriales.
La revolución digital incluso ha alterado la forma de imprimir libros. Una creciente porción de las publicaciones en papel ya se produce bajo demanda, de a un solo ejemplar. De esta forma, se evitan stocks de libros acumulados en depósitos o en librerías, paliando el grave problema de sobre oferta que mencionábamos inicialmente. En los EE.UU. e Inglaterra ya existen numerosas bibliotecas y tiendas que cuentan con la asombrosa Espresso, una máquina relativamente pequeña, conectada a la Web, que permite producir un solo ejemplar en apenas cuatro minutos. Estas tecnologías dan luz a nuevos modelos de negocio que derivan todos en un aceleradísimo desarrollo del comercio electrónico. Al mismo tiempo, empiezan a observarse vientos de cambio en el terreno legal; sin duda la gran innovación reside en el proyecto Creative Commons: según su cofundador, el especialista en ciberderecho Lawrence Lessig, las licencias tradicionales no se adaptan bien a las tecnologías digitales, lo que obliga a repensar nuevas figuras de propiedad intelectual, que tomarán mucho prestado de la forma en que se distribuye el software, en particular el de código abierto.
Actuar. La arrolladora tendencia actual a la digitalización no expresa sino cambios decisivos que vienen produciéndose hace años en nuestro modo efectivo de leer, producir y almacenar contenidos escritos. Alcanza simplemente con preguntarnos si acaso en la actualidad no estaremos leyendo, sin darnos cuenta, más textos en pantallas (computadoras, celulares, palms, eBooks) que en papel; tal vez la regla todavía no se aplique a novelas extensas, pero sí a documentos diversos, correos, artículos de prensa, blogs, cuentos, entre tantos otros textos recientes que proliferan en la red. Y la única opción de que los libros y otros contenidos de más edad estén disponibles on line es escanearlos masivamente, algo que los editores tradicionales nunca han tenido demasiado apuro en hacer.
En este sentido, las persistentes objeciones contra la digitalización en cuanto tal son pura negación. Desde el punto de vista histórico, censurar el escaneo como una técnica que separa al texto de su soporte físico original equivaldría a condenar a Pisístrato por haber fomentado la transcripción de la épica homérica, o a los copistas alejandrinos por haber transmitido en versión escrita las tragedias de Eurípides y otros materiales que habían sido pensados más como representación oral y escénica que como letra muerta. Es justamente gracias a ese esfuerzo de transposición de un registro a otro que podemos experimentar, veinticinco siglos después, al menos una parte de la extraordinaria vitalidad antigua.
Asimismo, contra la suposición de que el papel resulta mucho más duradero que los formatos electrónicos, digamos que los registros digitales cuentan con una ventaja esencial: pueden copiarse fácilmente y en versiones de altísima fidelidad; en segundo lugar, buena parte del papel que la industria del libro ha utilizado en las últimas décadas fue previamente blanqueado con ácido clorhídrico, lo que lleva a las hojas a convertirse en polvo mucho más rápido de lo que imaginamos.
Es crucial entonces que en nuestro país se activen políticas públicas destinadas a digitalizar los fondos conservados, de manera de protegerlos y difundirlos. Esto no significa necesariamente hacerlo con Google, pero sí percibir la importancia de la tarea y actuar en consecuencia. Además, resulta indispensable imaginar nuevas formas de organizar las bibliotecas, pensándolas más como sitios de consulta interactiva que de mera conservación (misión más propia de los museos). Bibliotecas que deberán adelgazar en papel y crecer en servicios on line. Y, por qué no, incorporar eBooks y máquinas como la Espresso en sus instalaciones. Desde el ámbito educativo, es urgente repensar íntegramente el impacto y las oportunidades que ofrece la tecnología digital aplicada a los textos en las escuelas, las universidades y los centros de investigación.
Con respecto al sector editorial, hace falta un empuje mayor. Es hora de sacudir los esquemas tradicionales, y sólo una nueva generación de editores podrá hacerlo a fondo. En Inglaterra, por citar un caso, existe la SYP (www.thesyp.org.uk), una asociación que agrupa a cientos de editores jóvenes que se reúnen periódicamente para debatir los temas más candentes de la industria; gracias a esta formidable red, profesionales de menos de 35 años logran acceder a puestos de alta responsabilidad en sellos como Penguin o Bloomsbury, y llegan incluso a fundar editoriales propias, de alcance internacional. Argentina será invitada de honor en la Feria del Libro de Frankfurt 2010, al tiempo que Buenos Aires hará de Capital Mundial del libro en 2011. Oportunidades únicas para tratar estos temas, y sobre todo para actuar.
Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar
Carlos Fuentes - El gran Gatsby
El gran Gatsby es generalmente considerada la mejor novela norteamericana del siglo XX. Algunos como yo, faulknerianos irredentos, votaríamos por Absalón Absalón, Luz de agosto o El ruido y la furia . Y Hemingway tiene, también, sus adalides. Pero en una votación general, Gatsby ganaría el Oscar literario.
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Las razones de este prestigio son muchas y son buenas. Se deben a una tradición y se deben a la ruptura de esa tradición. La tradición es la del ascenso social del héroe. Al contrario del héroe de la antigüedad, épico o trágico, el héroe moderno se distingue porque es un producto de movilidad social. Ulises, Aquiles, Héctor, están fijados para siempre y desde siempre en su situación social. Pero el héroe de la picaresca moderna es, casi por definición, un arribista. Julien Sorel en Stendhal, Becky Sharp en Thackeray, Pip en Dickens, y, superiormente, Rastignac y Rubempré en Balzac, toman el terreno de la novela como escenario de su escalada social. La novela norteamericana no carece de sus héroes en ascenso. Mal podría privarse de ellos, precisamente, una sociedad sin pasado, sin aristocracia, una sociedad de colonizadores, pioneros e inmigrantes. De los exploradores de Fenimore Cooper a los plutócratas de Dreiser, Norris y Howells, el hombre de ambición, el self-made man , es un prototipo de la cultura norteamericana.
Las excepciones son llamativas y magníficas. El capitán Ajab y el marino Ismael en Moby Dick , Huck Finn de Mark Twain, y las grandes dinastías trágicas de William Faulkner -los Sartoris, los Compson, los Sutpen- escapan radicalmente al costumbrismo social y se atreven a presentarse como personalidades libérrimas, obsesionadas, tiernas y fatales.
El genio de Fitzgerald es que concibió a un héroe único, situado entre las dos categorías, la social y la trágica. Y el genio de su genio es que encomendó la narración a un observador objetivo y distante.
El observador es Nick Carraway, vecino modesto de Jay Gatsby, que puede observar con distancia a la vez cariñosa e irónica la opulencia del misterioso millonario. Sin embargo, ambos poseen el mismo background . Ambos llegan de las llanuras del Medio Oeste, sitios tan planos y mediocres, intelectual y socialmente, como su geografía. «Tierra tediosa, desparramada, hinchada». De ella proviene Carraway, el narrador objetivo de quien todo se sabe pero que no puede saberlo todo, porque Jay Gatsby, en realidad James Gatz, se ha encargado de hacer invisible su origen.
Esta falta de «biografía» de Gatsby, que Edmund Wilson le reprochó a Scott Fitzgerald, es precisamente lo que le da a Gatsby, simultáneamente, su raíz, su misterio y su nivel literario único. Como Sorel o Rastignac, Gatsby es un arribista. Pero como Hamlet, Quijote o Ajab, es un hombre movido por «una concepción platónica de sí mismo». Es un Quijote maldito, movido por la loca impulsión de su destino y por el espejismo de un amor imposible y engañoso.
La Dulcinea de Gatsby es Daisy Buchanan, y la imagen luminosa de Mia Farrow en la película de la novela no debe oscurecer la imagen verdadera que Carraway nos da del personaje. La Daisy ideal del Quijote Gatsby es en realidad parte de un mundo negligente y confuso, el mundo de los ricos que «arruinan a las cosas y a las personas» antes de retirarse a las cavernas de «su dinero, de su enorme descuido, lo que los mantiene unidos». Daisy pertenece a un mundo de drifters , de ricos a la deriva. Si Gatsby tiene «una concepción platónica de sí mismo», tiene también una concepción romántica de Daisy que no corresponde a la realidad.
La ilusión romántica de Gatsby es que Daisy abandone su matrimonio a cambio del amor. No alcanza a ver que Daisy es una fabricación del engaño, una pose, una imitación, tanto en el espejo del matrimonio como en el del amor. Ella no sabe lo que el novelista, desde su segunda novela, Bellos y condenados , sabía: «La juventud entra a una habitación vestida del azul más pálido y sale con las grises vestimentas de la desesperación». Pero para Gatsby, Daisy será «el sueño incorruptible». Lo único incorruptible en la vida de Gatsby, Daisy, no merece la pasión romántica de Gatsby.
El mundo de F. Scott Fitzgerald sucede en medio de una gran fiesta. Si Gatsby es uno más de los personajes en ascenso social de la novela decimonónica, su modernidad es inseparable de la era del jazz, las flappers , la liberación sexual y la prohibición del alcohol. Fitzgerald en este sentido, y a lo largo de sus primeros libros ( A este lado del paraíso , 1920; Bellos y condenados , 1922, Cuentos de la era del jazz , 1922) inaugura el tema carnavalesco de la literatura norteamericana. Totalmente alejado de la propiedad burguesa y hasta aristocrática (en las incursiones británicas de Henry James y de Edith Wharton), el festejo de Fitzgerald es opulento, loco, sexual, liberador, vulgar y eterno. Quiero decir: Fitzgerald es el primero en decir que América es una fiesta y que la fiesta nunca acabará. Desde las compuertas de la «era del jazz», Fitzgerald inaugura una bacanal que se extiende hasta el Studio 54 de los sesenta neoyorquinos y las autocelebraciones festivas de Hollywood en nuestro propio tiempo.
Nada importa que, una y otra vez, la fiesta americana termine en la debacle (el crack financiero de 1929, Vietnam, Watergate y el SIDA en el último cuarto del siglo XX). Una y otra vez, el carnaval volverá a iniciarse porque los Estados Unidos necesitan el espectáculo como recompensa de su arduo pasado puritano y de su largo esfuerzo por cumplir con la ética del trabajo protestante y demostrar que al cielo se entra por la puerta de la riqueza pero en el mundo se goza en el escenario del espectáculo. «Divertirse hasta la muerte» es la consigna de este hedonismo que le es sustancial al sueño americano.
Francis Scott Fitzgerald, con trágica puntualidad, vivió este sueño, lo plasmó y dejó que lo destruyera. En su más alto punto, le dio una permanente imagen literaria, la de El gran Gatsby . «Nunca», dijo al terminar de escribirlo, «nunca ha habido una mayor pureza de la conciencia artística que durante los diez meses» de la redacción de El gran Gatsby . Pero su Gatsby fue el cenit de su trágica vida, el periplo de la misma es la conjunción perfecta del sueño y de la pesadilla norteamericanos. Del Medio Oeste a Chicago, a Manhattan y su feria de placeres, a Long Island, a París y la Riviera, a Hollywood y la Muerte.
«¡Dios mío!» le contestó Fitzgerald a sus críticos. «Esta es mi materia y no tengo otra en la que basarme». Después de Gatsby , se inicia el declive físico e intelectual de Fitzgerald. Vive, como su personaje Dick Diver en Suave es la noche , en «un mundo divertido» donde puede provocarse -es la ilusión- «un amor fascinado y sin reservas». El precio de la falsa ilusión es la desilusión cierta de Hollywood, donde el gran talento de Fitzgerald es explotado y humillado por los estudios de cine. La grandeza final del autor es que es capaz, no sólo de ver la entraña amarga y la simulación del mundo del entertainment en El último magnate , sino de verse a sí mismo, náufrago de su propio talento, en The Crack-Up .
Muerto de autodestrucción a los cuarenta y cuatro años, Fitzgerald dejó sin embargo, en El gran Gatsby , una visión prístina de la belleza y la inocencia perdidas del Nuevo Mundo americano. El narrador Nick Carraway observa con distancia irónica al protagonista Jay Gatsby, pero ambos, desde el «seno fresco y verdeante del Nuevo Mundo», recrean «el momento encantado y transitorio cuando el hombre por primera vez quedó sin aliento en presencia de este continente... enfrentado por última vez en la historia con algo a la medida de su capacidad de asombro». Francis Scott Fitzgerald: el sueño ha muerto. Viva el sueño.
Claves de una pareja
Formación: Francis Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Minnesota. Estudió en la Universidad de Princetown.
El éxito y el amor: en Alabama, durante la guerra, Fitzgerald conoció a Zelda Sayre, de la que se enamoró perdidamente. La publicación de A este lado del paraíso , convirtió a Francis en un hombre rico y famoso. Zelda y Francis se casaron. Los hermosos y los condenados y de Tales of the Jazz Age (Cuentos de la era del jazz) confirmaron el prestigio del autor. Los Fitzgerald se convirtieron en un matrimonio de moda. En 1925, El gran Gatsby cimentó la fama de gran escritor de Fitzgerald.
La decadencia: la talentosa Zelda, que pintaba y también escribía, enloqueció. Murió en un incendio de la clínica donde estaba internada, en 1948. Fitzgerald contó parte de sus problemas matrimoniales en Tierna es la noche. Arruinado por el alcoholismo, debió trabajar como guionista en Hollywood. Murió en 1940.
Fuente: http://www.lanacion.com.ar
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